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La ofrenda de Abel Vs. la de Caín
1 comment“Después dio a luz a su hermano Abel. Y Abel fue pastor de ovejas, y Caín fue labrador de la tierra. Y aconteció andando el tiempo, que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová. Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas. Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya. Y se ensañó Caín en gran manera, y decayó su semblante” (Gn. 4:2-5).
En relación a este tema podemos decir que las opiniones se dividen básicamente en dos grupos. Por un lado están aquellos que piensan que la diferencia entre una ofrenda y otra la determina la actitud del corazón al momento de ofrendar; y por el otro, están los que piensan que además de la actitud del corazón tuvo mucho que ver el tipo de ofrenda. En la respuesta que ofrecemos hemos tratado de ser objetivos y nos hemos empeñados en ser guiados por el Espíritu de Dios, en lugar de dejarnos inclinar por nuestra propia opinión de los hechos.
Antes de iniciar creo conveniente dejar establecidas ciertas cosas importantes. Lo primero es que ningún acto de adoración que sea aceptable a Dios es fruto de la originalidad ni de la improvisación del hombre. Esto lo podemos decir con toda propiedad, ya que el principio que hallamos a lo largo de la Biblia es que Dios ordena y describe con todo lujo de detalles todo lo relativo a la adoración debida a su Nombre, y el servicio que debemos rendirle a Él. De manera que siendo coherentes con el resto de la Revelación, debemos partir de la suposición lógica de que tanto Caín como Abel tenían información previa, no registrada en la Escritura, que los llevó a ofrendar. ¿Qué tanta información tenían? No podemos ser categóricos, pero podemos señalar dos cosas. En primer lugar, el hecho de que Abel presentara “la grosura” (LBLA) nos sugiere que la misma sería quemada al fuego. En segundo lugar, la cuidadosa selección que hizo Abel, parecería indicar que ambos recibieron instrucción en lo tocante a ofrecer a Dios “las primicias”. No podemos ir más allá de estas dos presuposiciones sin salirnos de lo que el texto bíblico nos permite suponer.
Un elemento que pareciera ser una complicación es el uso de la palabra hebrea para “ofrenda”. Cuando analizamos el significado de esta palabra, y rastreamos su uso en el AT, notamos que, exceptuando contados casos, se usa para referirse a ofrendas no cruentas, es decir, donde no había derramamiento de sangre. Lev. 6:15 es uno de los muchos textos que podemos citar para apoyar este punto. Además, en los pocos casos en que la palabra aparece relacionada con sacrificios cruentos está vinculada al sacrificio continuo (1Re. 18:29, 36; Esd. 9:4-5), el cual no sólo incluye el sacrificio de dos corderos, sino también una ofrenda incruenta de flor de harina amasada con aceite. Entonces, si nos basamos únicamente en el sentido etimológico de esta palabra, correríamos el riesgo de concluir que existe la posibilidad de que la ofrenda de Abel fuera incruenta, es decir, que no hubo un sacrificio del cordero, lo cual resulta difícil de aceptar y contradeciría una de las presuposiciones que inferimos del texto y que establecimos en el párrafo anterior. Sin embargo, toda la duda se aclara con la referencia que encontramos en Hebreos 11:4 acerca de la ofrenda de Abel. El autor sagrado usó la palabra griega θυσία (dsusía) que significa “sacrificio”, la cual es usada para indicar la víctima o el acto mismo del sacrificio. Esta palabra es totalmente diferente a προσφορά (prosforá) que se usa para designar los sacrificios incruentos. De manera que consideramos correcto afirmar que la ofrenda de Abel implicó un sacrificio con derramamiento de sangre.
Para resumir lo que hemos dicho hasta aquí, podemos decir que Caín y Abel tenían información previa sobre el deber de ofrendar, y que la instrucción recibida incluía al menos dos cosas: Que sería una ofrenda quemada y que debía ser cuidadosamente seleccionada, en conformidad con la excelencia y dignidad de Dios.
Pasando al análisis del acto de adoración rendido por ambos hermanos, a lo primero que queremos llamar la atención es a la vocación de ambos hijos de Adán. De Abel se dice que fue pastor de ovejas; en tanto Caín vino a ser labrador de la tierra. A primera vista parece un dato irrelevante, pero ciertamente es importante al momento de considerar la ofrenda que ellos presentaron a Dios. Cuando leemos “que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová”, necesariamente tenemos que conectar esto con la información que previamente se nos ha dado: “Y Caín fue labrador de la tierra”. De igual manera debemos hacer en el caso de Abel, quien siendo “pastor de ovejas… trajo también de los primogénitos de sus ovejas”. Ellos rindieron adoración a Dios, y le dieron gloria en el contexto de la vocación de cada uno. Caín disponía de plantas del campo, en tanto que Abel de animales; y de lo que tenían, ambos ofrecieron una ofrenda a Jehová. De modo que no creemos que necesariamente el tipo de ofrenda haya jugado un papel determinante para que Dios aceptara la ofrenda de uno y rechazara la del otro.
En contraposición a esta última idea, lo que sí se destaca con luz propia es la diferencia en la actitud de Abel con respecto a la de Caín. De Caín se dice que “trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová”. De Abel se dice que “trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas”. De la ofrenda de Caín se percibe como si él hubiese escogido su ofrenda sin considerar la dignidad y grandeza de Aquel que la requería. Por su parte, de la ofrenda de Abel se destaca el cuidado con que escogió su ofrenda. Él hizo una primera selección de los primogénitos de su rebaño; y luego, de entre todos, escogió el que le pareció más hermoso y apropiado para ofrecer a Dios. Fue una ofrenda cuidadosamente valorada. Si por el contrario, Abel hubiese hecho una selección inapropiada, es probable que también hubiese recibido la desaprobación de Dios, tal como sucedió con los sacerdotes en los días del profeta Malaquías: “Y decís: ¿En qué hemos menospreciado tu nombre? En que ofrecéis sobre mi altar pan inmundo… Y cuando ofrecéis el animal ciego para el sacrificio, ¿no es malo? Asimismo cuando ofrecéis el cojo o el enfermo, ¿no es malo? Preséntalo, pues, a tu príncipe; ¿acaso se agradará de ti, o le serás acepto? dice Jehová de los ejércitos” (Mal. 1:6-8). En este pasaje aparecen dos tipos de ofrendas, una incruenta y otra cruenta, ninguna llenó el estándar divino por provenir de un corazón no recto delante de Dios.
Demos un paso más hacia delante antes de concluir, y consideremos la parte final del versículo cuatro: “Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda”. En hebreo la expresión “miró con agrado” es una sola palabra, que significa “clavar la mirada en, considerar”. Lo que el texto está diciendo es que Dios centró toda su atención en el sacrificio de Abel, mostrando con ello su total agrado; el cual, si aceptamos el hecho de que ellos tenían información previa (ver el párrafo segundo), consistió en la obediencia a lo establecido por Él. De esta manera Abel ejerció fe en Dios (Heb. 11:4). En cambio, Caín no obró conforme a la instrucción divina y mostró que su corazón era del maligno (1Jn. 3:12).
De manera que, nuestra posición con respecto a este tema es que Dios se agradó del sacrificio de Abel por el hecho de provenir de un corazón creyente y fiel, y no necesariamente por el tipo de ofrenda presentado por él.
Por Miguel Linares















