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¿Dónde dice el Nuevo Testamento…?
Entry Feed TrackbackEl título de este artículo responde a la creciente actitud de muchos profesantes de la fe cristiana, que buscando justificar algún tipo de conducta o proceder que se aparta de lo que hasta hace poco era común entre el pueblo de Dios, entonces apelan al silencio que ante ciertas cuestiones guarda el Nuevo Testamento.
Este alegado silencio ha llevado a muchos a afirmar convicciones y a tomar ciertas decisiones, tanto en el ámbito personal como eclesiástico; otros han asumido ciertas libertades en su modo de conducirse y de vivir la vida cristiana, que dejarían boquiabierto a cualquier cristiano bíblico de mediados del siglo pasado.
Sin embargo, creo que el silencio del Nuevo Testamento obedece a ciertas causas lógicas y objetivas, que para entenderlas de una manera cabal y global es preciso tener al menos una visión general del mundo en que se desarrolló la iglesia mientras sus páginas estaban siendo escritas. Pero hacer una exposición de esa naturaleza implicaría escribir todo un tratado, lo cual no es nuestro propósito en este breve artículo. Por tal razón, nos limitaremos a mencionar solamente tres.
Lo primero que queremos plantear es el hecho de que la iglesia de la era apostólica estuvo sujeta a persecución, primero por los judíos como se puede apreciar en el libro Hechos de los Apóstoles, y en segundo lugar por el estado romano, tal como podemos verlo en la historia, tanto secular como eclesiástica. Otro aspecto importante que debemos tomar en consideración es que la sociedad del primer siglo era esclavista, por lo que con toda probabilidad la membresía de las iglesias establecidas por los apóstoles estaba compuesta de un buen número de esclavos (1Co. 1:26-28). Tampoco debemos perder de vista que los autores bíblicos no ignoraron las condiciones generales, así como los valores y debilidades de la sociedad al momento de escribir. Creo que estas tres consideraciones son suficientes para los propósitos de este escrito, así que veamos ahora las implicaciones que tienen sobre el tema que estamos tratando.
Pongámonos por un momento en la piel de cualquier escritor del Nuevo Testamento, y ubiquémonos en el justo momento en que se dispone a escribir a una iglesia azotada por la persecución religiosa y civil. ¿De qué temas le escribiríamos? ¿Cuáles aspectos doctrinales ocuparían nuestra atención para compartir con ellos? Si lo quisiéramos contextualizar podemos pensar en lo que actualmente padecen los cristianos que viven su fe en Cristo en el mundo musulmán. Consideremos el siguiente suceso de la vida real en Somalia: “En Mayo 4, un grupo musulmanes extremistas asesinaron al pastor y profesor de escuela Yusuf Alí Nur, cuando este grupo buscaba en su casa a otros combatientes enemigos. Al sospechar que Yusuf era cristiano le dispararon a quemarropa varias veces, dejando una viuda con tres hijos pequeños. Estos extremistas están ligados a Al-Qaeda y han jurado exterminar a los cristianos en Somalia. En meses recientes ellos han ejecutado, a su estilo, a varios cristianos.” Si le fuéramos a escribir un correo electrónico a la iglesia que pastoreaba el pastor Yusuf Alí, ¿qué le escribiríamos? ¿Trataríamos con ellos lo lícito o pecaminoso que puede resultar el baile para los cristianos, o sobre si es piadoso tatuarse o usar aretes en la nariz? Creo particularmente que no se nos ocurriría tratar tales temas, pues los mismos son propios para considerar con cristianos que tienen exceso de paz, la cual no usan para la piedad ni para la salvación de los hombres (1Tim. 2:1-4).
Algo similar podemos decir con respecto a la esclavitud. Aunque este sistema no existe con la crudeza de antaño, sino que ha sido modificado y reducido a ocho horas diarias y algunas otras reivindicaciones, sin embargo, las preguntas anteriores son igualmente válidas. En una sociedad esclavista, todo aquel que es esclavo no tiene voluntad propia ni tiene absoluta libertad de movimientos, sino que está sujeto a la voluntad de aquellos que son sus amos. Los que estaban en la posición de amos no se caracterizaban precisamente por ser compasivos y misericordiosos. En Lucas 18:7-9 el Señor Jesucristo nos presenta un ejemplo de esto: “¿Quién de vosotros, teniendo un siervo que ara o apacienta ganado, al volver él del campo, luego le dice: Pasa, siéntate a la mesa? ¿No le dice más bien: Prepárame la cena, cíñete, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y después de esto, come y bebe tú? ¿Acaso da gracias al siervo porque hizo lo que se le había mandado? Pienso que no.” Con esto en mente, entonces imaginemos que debemos escribir un tratado doctrinal a una iglesia compuesta por esclavos, ¿qué le diríamos a personas que no tienen voluntad propia, y por tanto, no pueden adorar a Dios cuando quieren? ¿Sería sensato y sabio hablarles de que debían guardar un día de cada siete?
En relación al tercer aspecto, queremos llamar la atención a ciertas diferencias entre el mensaje del Señor Jesucristo y el de sus apóstoles. Uno de los aspectos que están ausentes en los evangelios es el tema de la idolatría. El Señor Jesucristo acusó a los escribas y fariseos de ser hipócritas, ignorantes y de muchas otras cosas (Mt. 23), sin embargo jamás los acusó de ser idólatras. En cambio la idolatría es un tema que está presente en varias de las epístolas que los apóstoles enviaron a las iglesias. ¿Por qué la diferencia de énfasis? Sencillo. En la sociedad judía en que el Señor ministró, la idolatría no era precisamente un problema; en cambio era un tema de primer orden en la sociedad greco-romana, de donde provenían muchos de los miembros de la iglesia apostólica. Igualmente sucede con el vestido, con respecto al cual ni Cristo ni ninguno de los escritores del Antiguo Testamento se refieren a sus medidas, porque esto no era necesario. En el Edén, Dios le dio al hombre el modelo (una imagen dice más que mil palabras), el cual debía cumplir con el propósito para el que fue dado: Cubrir el cuerpo. Sin embargo los apóstoles Pedro y Pablo si tienen que referirse al vestido, ya que esto era un verdadero problema en el mundo greco-romano, donde la tendencia era a exhibir la desnudez del cuerpo, y cuya influencia ha llegado hasta nuestros días.
Habiendo considerado brevemente las implicaciones de las tres consideraciones que planteamos al inicio, pienso que cuando vemos las cosas de esta manera el silencio del Nuevo Testamento no resulta tan elocuente.
Por Miguel Linares















