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La desfachatez en el vestir
Por Miguel Linares

Creo que se puede decir, sin temor a equivocarnos, que tres de los rasgos distintivos de la generación en que nos ha tocado vivir, en lo que respecta al vestir, son la desnudez, la sensualidad y la desfachatez.   Aunque tenemos que decir que la desnudez y la sensualidad no son un mal que se ha generado en nuestros días, más bien son un mal que se ha venido desarrollando a través de muchos años hasta llegar al estado que hoy vemos.  Sin embargo, no ocurre lo mismo con la desfachatez en el vestir, que es algo mucho más reciente.  Su inicio lo podemos ubicar en los años 60 del siglo pasado.   En los nostálgicos años 60 apareció en la sociedad norteamericana lo que se llamó el “movimiento hippie”, el cual en pocos años se extendió prácticamente por todo el mundo occidental.

Por tal razón consideramos que resultaría interesante para nuestro propósito analizar superficialmente el movimiento hippie:

Lo primero que podemos decir es que este movimiento se inició y se desarrolló en medio de una etapa de gran prosperidad económica. De 1963 a 1970, se incrementó notoriamente la producción industrial y la de los alimentos, el carbón, la metalurgia, los productos agrícolas y la gasolina. Se ingresó así en una etapa de consumo de masas. Artículos privativos, hasta ese momento, de una minoría, se abarataron. Fue el caso del automóvil, del teléfono y de los electrodomésticos, que comenzaron a constituirse en símbolos del estatus personal.

Al mismo tiempo que se producía una explosión demográfica, la institución familiar sufrió una fuerte crisis. La familia dejó de ser el núcleo de contención afectiva que siempre fue, porque los valores deseables se comenzaron a buscar fuera de ella.
 
Juntamente con esto, dos grandes movimientos cobraron gran impulso: el de liberación femenina, y el de la lucha contra la discriminación racial. En este marco, millones de jóvenes comenzaron a ensayar experiencias no convencionales. Consideraban mediocre y aburrido el mundo e iniciaron incursiones hacia la naturaleza y la vida espiritual. A este fenómeno se lo denominó movimiento hippie.   

A esto también se le añadió la llamada revolución sexual. Las píldoras anticonceptivas experimentaron una masiva difusión, y esto junto con las grandes transformaciones operadas en las conductas sociales, facilitaron un cambio profundo en las relaciones sexuales.

Es, pues, en ese marco político, social y económico que surge, se desarrolla y expande el movimiento hippie.   

Lo segundo que podemos considerar es su estilo y comportamiento dentro de la sociedad.   La imagen del hippie suele ser un hombre con el pelo y la barba notablemente más largos que lo considerado "elegante" en la época. Ambos sexos tendían a dejarse el cabello largo y algunos lo llevaban al estilo afro, imitando a los afroamericanos.

Mucha gente no asociada a la contracultura consideraba estos largos cabellos una ofensa, o "anti-higiénicos", o consideraban aquello como "cosa de mujer". El entonces presidente de los EE. UU., Ronald Reagan, definió al hippie como "un tipo con el pelo como Tarzán, que camina como Jane y que huele como Chita".

Para ambos sexos, tanto el cabello largo como su forma de vestir funcionaban como señal de pertenencia a esta contracultura y muestra de su actitud insubordinada a los esquemas tradicionales. 

En relación con su forma de vestir era característico en ellos la ropa desteñida; el uso de la camisa fuera del pantalón; las sandalias; los pantalones campanas y algunas veces raídos en el ruedo.  Algunos se inspiraron también en estilos de vestir no occidentales, como las ropas indias o africanas. 

La desfachatez, o si lo quiere de otro modo, la carencia de vergüenza en el vestir que hoy vemos y experimentamos, es fruto del desarrollo y evolución del estilo que heredamos del movimiento hippie.

Pero su estilo y característica no sólo se limitó a la apariencia externa, sino también que contaron con un vehículo excelente de expresión de su forma de pensar:  El rock y sus estrellas más representativas.   Y en su desarrollo han llegado hasta nuestros días contando con otros géneros musicales más denigrantes aun, como el regaetton y el rap.

¿Por qué nosotros nos preocupamos por esto?   Porque desde hace unos pocos años esta desfachatez, esta desvergüenza, ha encontrado cabida en la vida cotidiana y eclesiástica de los cristianos, y por tal razón nosotros vemos personas, creyentes y no creyentes, que vienen a la iglesia exhibiendo casi con orgullo su desfachatez en el vestir.    Hace apenas diez años era difícil encontrar personas que se presentaran a un culto con este tipo de descuido, con tan poco garbo en el vestir, con tanto descuido en su apariencia externa.

En el caso de los creyentes, el problema se produce, porque de una manera sistemática han venido dejando de lado la Biblia como su norma de fe y práctica.   Al momento de escoger el tipo de ropa con el que se han de vestir, no sólo para venir a la iglesia sino para ir a cualquier otro sitio, las normas y patrones que toman en cuenta no están sustentadas en lo absoluto por la voluntad revelada de Dios.  A muchos no les interesa saber la opinión de Dios al respecto.

La pregunta que tenemos que responder es la siguiente:  ¿Contiene la Biblia alguna directriz que guíe a los creyentes al momento de escoger el tipo de vestimenta que han de usar?

La respuesta es definitivamente SI.    En 2Co. 5:14-15 encontramos un principio que nos demarca y facilita cualquier toma de decisión:  “Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos”.

Este texto nos habla, entre otras cosas, de pertenencia.   Cristo murió para que los que viven, y obviamente se está refiriendo a vida espiritual, ya no vivan para sí mismos, sino para Él.    Le pertenecemos a Él, y como siervos suyos debemos conocer cuál es Su criterio en relación al vestir.

Los no cristianos viven para sí mismos, según sus propias opiniones y pareceres, según sus propios criterios y maneras.   Pero el creyente al ser unido a la Iglesia que es el cuerpo cuya cabeza es Cristo, entonces ha dejado sus propias opiniones y criterios, y procura conocer en cada situación cuál es la mente, el criterio y el parecer de Aquel que murió y resucitó por Él.   Y el vestido, la ropa que usamos debe ser de Su completo agrado y complacencia.

Si queremos otro texto que sustente lo que acabamos de afirmar, podemos citar Gal. 2:20:  “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo,  mas vive Cristo en mí;  y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí”.  

Parte de lo que el apóstol Pablo nos dice en este texto es que aunque el centro de nuestras vidas es ahora espiritual y no físico, sin embargo hay cosas de nuestro diario vivir que se llevan a cabo en el ámbito físico.  Y él dice que aun esas cosas nosotros debemos hacerlas “en la fe del Hijo de Dios” porque Él se entregó por nosotros.   El vestir es una de esas cosas.

Y creo que no debemos dejar de agregar 1Co. 10:31.  “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios”.   Tanto este texto como su contexto nos hablan de cosas que hacemos en el plano físico.  El comer y el beber son cosas que realizamos con nuestros cuerpos, pero aun eso tiene repercusiones espirituales.  El apóstol Pablo va de lo particular a lo general.  En primer lugar, él se refiere a cosas tan particulares como comer y beber, para luego generalizar, diciendo que todo lo que hagamos sea para la gloria de Dios.  En ese “todo” que habla el apóstol, también está incluido el vestido.   Los cristianos deben vestirse con los estándares divinos para la gloria de Dios.

Entonces, sí tenemos un principio general, no sólo para el vestir, sino para todo lo que tiene que ver con nuestra vida, sea física o espiritual.

Pero este tema no se puede dejar en lo general, necesitamos ir a lo particular y específico.

En 2Tim. 3:1-4 el apóstol Pablo describe el carácter de los hombres y mujeres de los tiempos del fin.  Y es interesante notar que a pesar de que estas personas serán “amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos,  soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios”, procurarán tener apariencia de piedad.

¿A dónde queremos llegar con esto?   Al hecho de que la piedad tiene una apariencia.   La piedad es un estado interno del corazón del hombre, de su alma, pero que a su vez tiene una manifestación externa.

Lo que Pablo nos dice en 2Tim. 3:1-5, es que se puede tener la apariencia de piedad, sin tener verdadera piedad.   Cualquiera puede trabajar con la forma externa sin tener la esencia de la piedad.  Alguien puede ser mucha espuma y poco chocolate.  Se ve bien por delante, pero no quieras verlo por detrás.

El Señor Jesucristo haciendo alusión a la falsa piedad de los fariseos, dijo lo siguiente en Mat 23:27:   ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia.

Entonces vemos que se puede aparentar piedad sin tenerla.  Pero, si bien esto es cierto, no es menos cierto que la piedad genuina tiene una manifestación externa verdadera.  Es decir la piedad nace y se desarrolla en el corazón, pero se refleja externamente.  En Mt. 5:14 el Señor Jesucristo dice que los cristianos somos “luz del mundo”, y nuestra luz está puesta para alumbrar a todos.   Y en el vers. 16 Él dice que esa luz se reflejará en buenas obras que glorificarán el nombre de Dios.   Las buenas obras del cristiano verdadero son el reflejo de su luz interna, de su piedad interna.

Y eso nos coloca frente al hecho innegable de que el modo de vestir del cristiano es parte de ese reflejo externo de su piedad interna.   La verdadera piedad tiene su apariencia.

¿Quiere decir esto que los cristianos debemos andar en saco y corbata todo el tiempo?

Claro que no.   Pero todo creyente debe conocer en cada situación y ocasión cuál es tipo de vestido con el que más glorifica a Dios, pues Él no es indiferente a aquello con lo que cubrimos nuestros cuerpos.

En el tiempo en que nuestros primeros padres, Adán y Eva, anduvieron en santidad, no tuvieron necesidad de ropa alguna: “Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban” (Gn. 2:25).   Pero sucedió que después del pecado ambos sintieron la necesidad de cubrir sus cuerpos.  Y escogieron de lo que tenían a la mano, hojas de higuera, y se hicieron delantales. 

Pero a Dios no le agradó la selección ni la moda que el hombre escogió, la halló deficiente.   La palabra delantales en hebreo indica que el vestido que Adán y Eva diseñaron sólo cubría de la cintura hasta la pelvis.  Y por ser de hojas ni era perdurable ni seguro.

Y Dios dijo no.  Y les hizo “túnicas de pieles y los vistió”.   La palabra túnica significa literalmente “cubrir por completo”.  Dios no fue indiferente al tipo de vestimenta usada por Adán y Eva.  Todo lo contrario, Él evaluó y determinó que otro debía ser su vestuario.

Dios desechó el diseño y la moda humana, la cual por causa del pecado no llena las expectativas divinas, y Él mismo diseñó la ropa adecuada conforme a sus estándares.

Otra ocasión notable en que vemos el cuidado que Dios pone en el vestuario que usamos, la hallamos en Ex. 19.   En el vers. 9, Dios le anuncia a Moisés que hablará con él a oídos de todo el pueblo, es decir, Dios se iba a acercar a Su pueblo.  En los vers. 10-11, Él le dice lo siguiente:  Ve al pueblo, y santifícalos hoy y mañana; y laven sus vestidos, y estén preparados para el día tercero, porque al tercer día Jehová descenderá a ojos de todo el pueblo sobre el monte de Sinaí.

La santificación que Dios requiere de su pueblo cuando Él se acerca, incluye el vestuario.   Para estar en la presencia de Dios es menester que el vestido sea el apropiado y que esté y luzca limpio.

En Ex. 28 tenemos otra ocasión en la que Dios no dejó en manos del hombre el diseño de la ropa.  Se trata de las vestiduras sacerdotales.   Dios no dejó esto a la libre voluntad del hombre, Él se encargó personalmente del diseño, del tipo de materiales a usar en la confección, y también llenó de espíritu de sabiduría a quienes el designó para la confección (Ex. 28:3).   El vestido de aquellos que se acercaban al lugar donde Él manifestaba su gloria, debía reflejar Su santidad, Su majestad y Su realeza.  Recomiendo la lectura completa de este capítulo de Éxodo.

Y el apóstol Pedro nos dice a nosotros, creyentes del NT, que somos “linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios para que anunciemos las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1Pe. 2:9).   Nuestro vestir debe reflejar que somos de la luz, que las tinieblas pasaron.

También es notorio el caso del Señor Jesucristo.  Refiriéndose a esto, Jeff Pollard, en su libro La modestia Cristiana, el cual recomendamos para el tema de la desnudez, lo titula como:  “Cuando Dios se vistió”.   Y a lo que quiero llamar la atención es al hecho que se narra durante la crucifixión del Señor, y específicamente al momento en que los soldados se disponían a partir sus vestiduras como botín.  En Jn. 19:23-24, dice:  Tomaron también su túnica,  la cual era sin costura,  de un solo tejido de arriba abajo.  Entonces dijeron entre sí:  No la partamos,  sino echemos suertes sobre ella,  a ver de quién será.

La túnica del Señor Jesucristo no era una cualquiera, sino que en adición de tener una confección única, al parecer también era elegante, tanto que los soldados prefirieron no partirla, sino probar por medio del azar quién se quedaría con ella.  No debemos olvidar que el Señor vino a ser nuestro gran Sumo Sacerdote, y como tal debía vestirse conforme a su alta investidura, según se narra en Ex. 28.

Un último caso.  En Ap. 6:11 vemos que a los mártires de Cristo se les dio vestiduras blancas.  Vestiduras diseñadas por Dios para ser usadas en el cielo.  En el cielo no estaremos desnudos, como Adán y Eva en Edén, sino que cuando lleguemos allí nos serán dadas vestiduras celestiales diseñadas por Dios mismo.

Entonces, podemos decir, sin temor a equivocarnos, que a lo largo de toda la Escritura nosotros tenemos un patrón divino para este asunto de las vestiduras que debemos usar y lucir.  Un patrón que se muestra invariable desde Edén hasta el Cielo.   El hijo de Dios debe cubrir su cuerpo con el vestido apropiado, y además debe lucir limpio y a la altura de la vocación  con que ha sido llamado por Dios.

Por eso cuando venimos a la Iglesia, debemos tener la conciencia que venimos a ese lugar donde el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo han prometido estar presentes de una manera especial.   En el AT Dios manifestó su gloria en el Templo; hoy en el Nuevo Pacto, Dios manifiesta su gloria en medio de Su iglesia.  Y nosotros los creyentes somos real sacerdocio del Señor, según nos dice el apóstol Pedro (1Pe. 2:9), y como tales estamos para ministrar, por lo que nuestra vestimenta también debe ser acorde con nuestra posición delante de Dios.   ¿Es este conocimiento el que domina nuestra mente cuando nos vestimos para venir a la Iglesia, al culto que Dios presidirá?  ¿Es este conocimiento el que domina nuestra mente cuando nos presentamos ante el mundo como embajadores del Dios Altísimo?

Pero por otro lado, en 1Co. 6:19 se nos declara que nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo.  Y esta declaración tiene implicaciones muy profundas.  Si le damos un vistazo a los templos de la antigüedad, aun los dedicados a falsos dioses, vemos que eran diseñados y adornados majestuosamente.   Los materiales usados eran excelentes: Oro, plata, piedras preciosas, y se buscaban los mejores artesanos para su construcción.  Estos edificios buscaban reflejar la majestad y grandeza del dios al que estaban dedicados.   Entonces, ¿cómo es posible que vistamos el templo del Espíritu Santo, Dios verdadero, de una manera que no refleje su grandeza?  Y en este caso no me estoy refiriendo únicamente cuando venimos a la iglesia, sino que esto incluye la cotidianidad.

El fin último de todo esto es impresionar la mente y el corazón de todo cristiano de tal manera que la próxima vez que nos paremos frente al armario o al closet, pensemos y consideremos si la ropa escogida glorifica a Dios, sin importar si vamos al trabajo, a la universidad, a un sitio de esparcimiento, o a la iglesia.   Cuando nos vistamos, antes de salir de la habitación, veámonos al espejo y preguntémonos:  ¿Estamos agradándonos a nosotros mismos y al mundo, o estamos reflejando la gloria de Dios en nuestro vestir?  La respuesta que demos a esta pregunta nos dirá si tenemos que volver a cambiarnos de ropa.

La ropa que vestimos debe reflejar santidad, no mundanalidad; debe ser coherente con el mensaje del Evangelio y la gloria de Jesucristo.  ¿Qué queremos decir?  Que el mensaje debe ser coherente con el mensajero.   “Vosotros sois la sal de la tierra… luz del mundo…” (Mt. 5:14-16), y nuestro vestido debe manifestar ambas cosas.

No olvidemos que nuestra cultura terrenal debe servirnos de vehículo para mostrar nuestra verdadera cultura, la celestial, porque no somos del mundo (Jn. 17:14).  Luzcamos con honra y honor aquello que nos distingue de los que se pierden: nuestra filiación con Cristo, y no tengamos temor de lucir diferentes a la carroña que se pudre y se pierde.

¡Qué el Espíritu Santo ilumine nuestros entendimientos y aprobemos lo mejor para la gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Jesucristo!

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